CLEARRULES · ADOLESCENTES Y REDES SOCIALES
¿Qué significa que una prohibición de redes sociales funcione?
Cerrar la cuenta de un adolescente es fácil de reflejar en un informe. Saber si eso le ha ayudado es más difícil. Para Instagram y Facebook hacen falta ambas respuestas.
El 29 de octubre, el Oversight Board publicó sus argumentos contra las prohibiciones generales de redes sociales para adolescentes, centrándose en las edades de 13 a 17 años.[1]
En el debate sobre Instagram y Facebook es fácil elegir un indicador que convenga. Quien defiende la prohibición puede contar las cuentas cerradas. Quien se opone puede encontrar a un adolescente que siga usando la aplicación. Ambas observaciones pueden ser ciertas. Ninguna responde por sí sola a la pregunta central: ¿qué cambió en la vida de las personas a las que se pretendía proteger?
Cumplir la norma no explica el resultado
Imaginemos que, tras una restricción, un adolescente deja de recibir mensajes ofensivos en Instagram. Es un resultado importante. Ahora cambiemos un detalle: los mensajes continúan en otro lugar, mientras la cuenta cerrada sigue figurando en el informe de bloqueos realizados con éxito. La actuación registrada es la misma; la ayuda que recibe la persona, no. Es un ejemplo hipotético, no un resultado demostrado de la prohibición australiana.
Por eso, un informe de cuentas eliminadas sí es útil: muestra lo que ha hecho la empresa. Lo que no se le puede pedir es que responda también a una pregunta para la que no contiene datos. Cuántas personas han sufrido menos un daño concreto es algo que habrá que averiguar por separado.
Las experiencias positivas también cuentan
El informe de marzo de 2026 del regulador australiano eSafety recogía testimonios de algunos docentes que habían observado alivio en ciertos alumnos después de dejar las redes sociales. Eran observaciones iniciales, no una conclusión general.[2]
Esa experiencia merece atención incluso por parte de quienes se oponen a la prohibición. No podemos exigir que se tengan en cuenta las circunstancias individuales solo cuando favorecen nuestra postura. Si alguien se siente mejor, eso importa. Si otra persona está peor, la mejoría de la primera no resuelve el caso de la segunda.
Las autoridades también tienen un argumento razonable: no pueden esperar al estudio perfecto mientras los menores sufren daños graves. Pero la urgencia de una decisión no convierte cualquier indicador posterior en prueba de sus beneficios. Actuar y comprobar los resultados son tareas compatibles.
Preguntar por el daño, no solo por la cuenta
A nuestro juicio, una evaluación útil debería empezar con una pregunta: ¿los adolescentes afectados sufrieron menos el daño concreto que la medida pretendía reducir? Por ejemplo, al evaluar la protección frente al acoso, hay que tener en cuenta si este continúa fuera de la cuenta cerrada. Es el criterio de evaluación que proponemos, no un estudio que hayamos realizado.
La respuesta puede respaldar una restricción, mostrar que hace falta modificarla o revelar un problema en la propia aplicación. Precisamente por eso conviene plantear la pregunta antes de presentar una cifra favorable como veredicto definitivo. Para Instagram y Facebook, cumplir una obligación importa. Para un adolescente, importa lo que ocurre después.